El animal de la felicidad
EL ANIMAL DE LA FELICIDAD
A Tsa corría a través de la vegetación espesa, y sus pies descalzos golpeaban velozmente la tierra esponjosa y fresca. Detrás de él una sombra voraz le pisaba los talones. El aire húmedo del amazonas impregnaba el cuerpo del niño, un cuerpo oscuro y pequeño solo protegido por una piel que apenas le cubría sus partes esenciales. La carrera no cesaba y el depredador estaba cada vez más cerca, pero en un instante una flecha cortó el aire y se clavó con precisión en el cuello del animal. El jaguar cayó inmóvil en el suelo, empapándolo de una sangre densa y oscura. A Tsa, perplejo, dejó de correr aún con el corazón acelerado y la frente sudada; y fue entonces cuando le vio. Su hermano mayor, armado con un arco, salió de entre los arboles regañándolo con la mirada.
Sush cogió al animal entre sus brazos fuertes y lo levantó, llevándoselo consigo hasta el poblado. A Tsa lo siguió con la cabeza agachada. En su cultura, la vida de un animal se respetaba tanto como la de un ser humano y sólo se sacrificaba cuando era necesario para vivir. Esa misma noche, en el poblado, su tribu hizo un ritual para honrar el espíritu del jaguar y pedir perdón a los dioses. La tradición mandaba que el culpable de la muerte preparara el cuerpo y la hoguera. En ese caso, tal persona era A Tsa, pero Sush decidió cargar con la culpa ya que fue él quien disparó la flecha. En cuanto todo estuvo preparado se reunieron alrededor del fuego. Entre hombre, mujeres, ancianos y niños eran casi 50 personas. Mientras el cuerpo se fundía con las llamas y las flores aromáticas, Ho’no Vi, el jefe de la tribu, empezó a contar una historia de antepasados y leyendas.
<<Algunos sabios contaban, igual que yo os lo cuento ahora, que en esta selva habita un animal que muchos han buscado y pocos han encontrado. Su piel cobriza lo esconde en la noche aunque su llanto lo delata. Sólo con verlo uno se queda hechizado por sus grandes ojos color esmeralda. Tiene en la espalda una mancha clara, con forma de media luna, que es inconfundible. Aquél que lo encuentre deberá alimentarlo y protegerlo de cualquier peligro, pues los años que esté junto a él serán de felicidad y suerte para toda su familia>>
El canto de un tucán lo despertó. El pájaro de enorme y colorido pico volaba por encima de su cabeza, de una rama a otra de aquellos centenarios árboles. A Tsa volvía a estar solo en la selva, pero ahora su cuerpo ya no era el de un niño indefenso perseguido por un animal. Todo lo contrario: el paso del tiempo le había convertido en un fuerte muchacho capaz de superar cualquier obstáculo con tal de encontrar el billete hacia su felicidad. Durante aquellos años, la suerte no había estado de su lado, quizás los dioses le castigaban por no haber cumplido con su deber hacía ya tanto tiempo, pero eso cambiaría en cuanto el animal mágico le acompañara. Se levantó de aquella cama improvisada y reanudó su viaje sin un rumbo fijo. Hacía ya tres meses que caminaba. Había encontrado miles de animales y entre ellos, algunos muy especiales: el Tamarino León Dorado, que, a pesar de su nombre, era un mono de larga cola y cabellera naranja chillona; el Carpincho, el roedor más grande que había visto nunca, ya que era el mayor del mundo con sus 70 cm de alto, pero el eso no lo sabía; algunas anacondas, forcejeando con sus presas hasta ahogarlas entre su interminable cuerpo; decenas de ranas flecha venenosas, esas que los guerreros utilizaban para envenenar la punta de sus flechas y así matar al enemigo.
Tal como iba, sumido en sus pensamientos, no se percató de esos ojos que lo observaban a pocos metros de distancia. Eran unos ojos pacíficos, aunque curiosos. Ehawee tenía catorce años, tres más que A Tsa, cuando escuchó la leyenda al lado de aquella hoguera. Una semana más tarde desapareció en el bosque mientras buscaba frutas para la comida. Nunca más se supo de ella a pesar de los esfuerzos que había hecho toda la tribu para buscarla. Él mismo había participado durante dos días sin obtener ninguna pista. Ahora era ella la que lo había encontrado pero, a pesar de ello, no parecía muy contenta. Tenía el presentimiento de que sería un estorbo, de que le haría la competencia. Y no iba equivocada. Por eso le siguió hasta el riachuelo y en cuanto se metió en el agua para lavarse se acercó a hurtadillas y le robó el saco donde llevaba sus pertenencias: un arco, cinco flechas, un collar de madera y huesos, comida y un machete. Sin todo eso, le sería mucho más difícil avanzar y quizás decidiría regresar al poblado.
El chapuzón fue más breve de lo esperado. El muchacho salió del agua y, viendo la ausencia, inspeccionó la arboleda con la mirada. Era rápida pero no lo suficiente. A Tsa estuvo a tiempo de ver como una coleta larga y oscura se colaba entre las hojas. En un segundo se enfundó los pantalones cortos y sucios que le habían dado aquellos voluntarios cuando les visitaron años atrás; y salió disparado en su busca. Ehawee estaba de rodillas a unos pocos metros del río. Estaba segura de que no la había visto y el hambre la empujó a detenerse. Hacía tiempo que no comía una empanada, y a él aun le quedaba una.
-Eso es mío, ladrona!- A Tsa había llegado hasta ella sorprendiéndola con las manos en la masa.
-¿Y tú quien eres?- le contestó de manera cortante. No se esperaba aquel encuentro y, nerviosa como estaba, se puso a la defensiva.
- Yo podría preguntarte lo mismo.
Se desafiaron con la mirada entre un espeso silencio que duro varios segundos. Sabían que ninguno de los dos iba a ceder.
- Muy bien pues- dijo ella un poco molesta- tu por un lado y yo por el otro.
- Sin rencor ni malas pasadas- le contestó señalando con un movimiento de cabeza su bolsa recluida aún entre sus dedos delgados.
Asintió y le tiro la bolsa. Pero, de manera disimulada, había escondido la empanadilla detrás de su cuerpo.
Los días iban avanzando, y luego llegaron las semanas. En cuanto al animal, no había novedades. Pero los dos jóvenes avanzaban paralelamente por la selva, observándose. Nunca pasaban más de dos días sin que se vieran, pero jamás se hablaban ya que cada uno consideraba al otro su rival. Aun así, alguna vez, cuando Ehawee se acercaba al río, para lavarse A Tsa la seguía a escondidas. Miraba cómo se quitaba sus pantalones cortos y la camiseta de tirantes naranja; se preguntaba de dónde lo habría sacado ella; y espiaba su cuerpo desnudo en las aguas del Amazonas. Se sentía atraído por ella, eso no podía negarlo. Era una mujer atractiva y fuerte al mismo tiempo, no le temía a nada y nunca se rendía. Ella, a su vez, había traspasado alguna vez la línea imaginaria que los separaba mientras A Tsa dormía. En esas ocasiones se sentía tentada de tocarlo. Nunca lo hizo por miedo a que despertara. Lo que más le llamaba su atención era que el muchacho sonreía en sueños. Era una sonrisa ancha que la atrapaba y le transmitía paz. Su cara era de piel fina y los pómulos sonrojados se le marcaban como a un niño. Era guapo.
Un día, al anochecer, A Tsa estaba acomodado en la rama de un árbol afilando su lanza. Entonces oyó unos pasos que se acercaban. Era Ehawee. Dejó lo que estaba haciendo para no revelar su posición y poder mirarla. Andaba tan ágil y alegre como siempre, pero la falta de luz le hizo cometer un error garrafal. En cuanto se dio cuenta ya estaba dentro del charco empantanado y su pie descalzo tocó lo que por un segundo le pareció una piedra. Pero, en cuanto el suelo se movió debajo de ella, el terror la invadió por completo. El caimán de casi cuatro metros de largo sacudió su larga cola entre el barro y sacó la cabeza oscura atacando a la muchacha. A Tsa se incorporó y lanzó su arma a la velocidad de la luz con una fuerza descomunal. Fue un acto reflejo. La punta de piedra recién afilada se clavó en la mandíbula inferior, ya abierta para morder, del animal. Eso le dio a ella unos segundos para regresar a tierra firme y ser cogida de un zarpazo por el lanzador, que la subió al árbol. A Tsa la abrazó desatando las emociones que guardaba desde hacía tanto tiempo y que el miedo a perderla había acentuado. Ehawee se puso a llorar por el shock del momento y se hundió en sus brazos. Aquella noche durmieron en la copa del árbol por miedo a encontrase con el caimán. Fue la última que pasaron bajo el cielo estrellado de la selva, y la primera que lo hicieron juntos. A la mañana siguiente emprendieron el viaje de vuelta al poblado.
***
Hacía ya dos años que Ehawee y A Tsa se habían casado. Fue una ceremonia preciosa a la que asistió toda la tribu. Flores de todos los tamaños y colores adornaban el lugar, y sus cuerpos estaban llenos de pinceladas amarillas y rojas; a juego con los tocados enormes que llevaban en la cabeza. Ahora celebraban algo mucho más importante: el nacimiento. Solo estaban ellos dos y el curandero, el mismo que los había visto nacer a ellos. Era una noche nublada y la luz de la luna no llegaba hasta ellos, así que encendieron unas velas que iluminaban tenuemente el lugar. El momento había llegado. Primero la cabeza, luego los hombros y el pecho, después el abdomen y… era una niña. Una niña de piel tan cobriza que casi no se distinguía entre la oscuridad. Entonces, un llanto potente inundó sus oídos mientras la criatura abría poco a poco los ojos. Los padres quedaron maravillados al verlos, tan grandes, tan bonitos, tan esmeralda. Pero no fue hasta ver su espalda, con una mancha clara en forma de media luna, que decidieron el nombre que le pondrían: Suerte.
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